domingo, 22 de mayo de 2011

El del 3 de marzo de 1996 (autobiográfico)

Para ser sinceros, siempre he tenido la cabeza volátil, con lo que debo poneros en contexto para que entendáis el asco que me dio aquel día, y de cuyo trauma, no he conseguido recuperarme.

En sexto de EGB decidí que la religión no había sido inventada para mi. Me alegro mucho de que un señor, nunca mejor dicho, pudiera convertir los panes en peces, pero si no lo puedes hacer todos los días, ¿de qué sirve eso? ¿Para que me sirve que un hombre pueda separar las aguas de un mar para que la gente pase? Lo que necesito es saber como se hace un puente para pasar todos los días. Contra el principio religioso del milagro, esta el principio científico de la repetibilidad. Puedo predecir que cuando meta la leche al microondas durante un minuto al máximo de potencia, ésta se va calentar. Sin necesidad de milagros. Así que tras unos meses de abstención en clase, llego el momento del examen, y yo seguí con mi terqueda de objetar a hacer cualquier cosas en aquella ridicula asignatura que nos contaba la vida y milagros de una gente, que para mi, no tenía ningún valor. En mi colegio había un niño cuyos padres no profesaban la fe católica y que en clase de religión se iba al patio a jugar con el balón. Si ese niño puede hacer eso, ¿a quién le molesta que yo me vaya con el profesor de matemáticas a dar clase con los de octavo? Mi pequeña rebelión dio los frutos deseados, y durante sexto, séptimo y octavo fui el loco de la colina que cuando llegaba el maestro de religión se iba a dar matemáticas. Quizá muchos de vosotros ahora comprendáis que lo mio no es un problema puntual, sino que nací con él.

Cuando llegue al instituto, había una cosa que se llamaba ética, donde los no religiosos podíamos obtener otra clase de información. Algunos de mis compañeros, poco a poco, se fueron uniendo a las cabras locas que pasabamos de tener una asignatura contraria al principio primordial de la ciencia, la repetibilidad. En aquellas clases, tuvimos acceso a mucho material, entre ellos discutíamos de política, leímos el manifiesto comunista, hacíamos trabajos sobre el marxismo y empezamos a ver que era aquel juego de los mayores llamado política. Creo que mi madre nunca sea ha recuperado de que tuviera el manifiesto comunista en mi mesilla. Veíamos películas de Orson Welles que reflexionaban sobre el bien y el mal. ¿Importan los medios para conseguir un buen objetivo? ¿Se puede entrar en un país ajeno, en la casa del mayor de los malechores y pegarle 4 tiros?

Bajo estas circunstancias, llego el 3 de marzo de 1996, mi DNI decía que podía votar, de repente, tenía consciencia para decidir sobre la elección de mi amo. Debo admitir que hice lo peor que se puede hacer bajo nuestro sistema electoral, vote en blanco. Recién llegado de correr, en pantalón corto y con una sudadera sudada, fui a mi mesa electoral. Cual fue mi sorpresa, que todos esos niños, que nunca habían mostrado en clase ni el más mínimo interés por las actuaciones políticas, por el significado de lo público, sobre el bien y el mal, resultaban estar en las mesas electorales representado a los partidos de sus padres. Todo aquello, provocó en mi el más repelente de los ascos, y del que todavía no me he conseguido recuperar, esa fue la primera y la última vez que he votado. Si eso es de lo que se trata, prefiero no participar. Decidir lo que os de la gana, que yo intentare molestar lo menos posible. Tras un detallado estudio de la ley electoral, la mejor forma de no intervenir en la acertada decisión de la mayoría es votar nulo o la abstención. Así que, prefiero quedarme en casa, no tomar disgustos.

Lo que vosotros decidáis, es bueno para mi.

2 comentarios:

  1. Hola maquina. Es un honor leerte y un placer. A partir de ahora podré ser, si quieres, tu amigo creyente en Ese Señor. Un abrazo fuerte desde Cieza.

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  2. Hola, vecino. El placer es mio. La exclusividad de mi relación con Vuestro Señor la tiene mi madre! jajaja. Un abrazo.

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